País peculiar donde los haya. La República de Maldivas está situada en el Océano Índico, formada por unas 1.190 islas agrupadas en 26 atolones, de las cuales sólo unas 200 están habitadas, y la mitad son resorts donde gente de todo el mundo hacen realidad sus sueños. Un gran desconocido que me acababa de abrir sus puertas para que comenzara una nueva aventura.
La pregunta que la mayoría de nuestros visitantes me hacen cuando hablan conmigo es ¿Como ha llegado una gaditana a vivir en las Islas Maldivas? La respuesta, la misma cada vez que llega alguien nuevo y nunca se me hace pesada de repetir, pues en estas islas he aprendido a ser feliz por mí misma, a valorar cuanto tengo.
He aprendido tantísimas cosas sobre el ser humano y a nivel profesional que cada vez que cuento cómo llegué a Maldivas, me siento un poquito más orgullosa de la oportunidad que tuve el pasado mes de octubre de 2010.
Por fin me había decidido a poner punto y final a una relación que casi acaba con mi esencia, donde nunca era capaz de reunir las fuerzas suficientes para decir BASTA, una relación que sin duda, ha marcado un antes y un después en mi vida. El día que me decidí a coger mis cosas y abandonarlo todo, fue francamente duro, una experiencia que me duele recordar. Con una furgoneta cargada hasta los topes y rumbo a casa de una de mis mejores amigas, mi cabeza intentaba asimilar lo que estaba sucediendo y a plantearme posibles caminos que tomar para empezar de nuevo.
Después de muchas horas conduciendo, un gran esfuerzo físico tras mover todas mis cosas y un largo día a mis espaldas, llegué a casa de Lucía, mi dulce Lucía. No hicieron falta palabras para que entendiera lo que estaba pasando, me ofreció su casa, su hospitalidad, sus oídos y sus consejos. Aquellos consejos que en ese momento no eran más que palabras y que empezaron a revolotear por mi cabeza hasta que me hicieron tomar la decisión que tome. Aprovechar la oportunidad... Irme lejos y aprender un idioma, estar sola y volver a creer en mí.
Después de muchas horas conduciendo, un gran esfuerzo físico tras mover todas mis cosas y un largo día a mis espaldas, llegué a casa de Lucía, mi dulce Lucía. No hicieron falta palabras para que entendiera lo que estaba pasando, me ofreció su casa, su hospitalidad, sus oídos y sus consejos. Aquellos consejos que en ese momento no eran más que palabras y que empezaron a revolotear por mi cabeza hasta que me hicieron tomar la decisión que tome. Aprovechar la oportunidad... Irme lejos y aprender un idioma, estar sola y volver a creer en mí.
Fue entonces cuando me invitó a acompañarla a unas conferencias que daban en Madrid sobre estudiar en el extranjero, en principio me planteaba irme un mes, quizás tres, mantener la mente ocupada hasta que me encontrara mejor y después volver a casa y retomar mi vida.
No tenía apenas ahorros, así que eso dificultaba aún más la situación. Esperé a Lucía en la recepción del Hotel donde se daban las conferencias y no podía parar de llorar. Era una incapacidad terrible, estaba totalmente destrozada y no veía salida por ningún lado, me dolía el alma, y mi llanto no hacía nada por aliviarla.
Estando en aquel sillón se me acercó un hombre, de unos 60 años... con acento latino y cara de buena persona. Insistió mucho en saber qué me pasaba, por qué lloraba de aquella manera e intentó animarme sin éxito alguno. Me preguntó por el motivo por el que estaba allí, pero apenas pude articular palabra. Me insistió en que asistiera a una charla que daba su hija, me apuntó la hora y la sala donde sería en una pieza de papel, y me dijo que quizás podían ayudarme. Fue muy amable, pero no creí que pudieran hacer nada por mi.
Aquellas charlas iban sobre todo de Australia, lugar que llamó toda mi atención en el acto. Empecé a analizar las diferentes opciones, fechas, dinero... y en la búsqueda de algo posible, me acordé de aquel señor y de la charla de su hija, mi amiga Lucía aún no había llegado, así que fui sola.
La chica habló de la vida en Australia, del coste, de las opciones de estudios y las áreas donde hay posibilidad de encontrar trabajo. Todo muy específico y alejado de mi perfil. Pero al final de su charla, dijo que tenía un par de ofertas que quizás nos resultaran interesantes, fuera de Oceanía y me llamó por mi nombre para que fuese a verla antes de compartirlo con el resto de asistentes de aquella pequeña sala de reuniones del Hotel Princesa.
Me sentí especial, y entendí que su padre le pidió que me lo ofreciera a mí antes que a los demás y si me interesaba, esta sería la forma que ellos tendrían de ayudarme. Aquello no era gratis, pues su empresa se lleva una alta comisión por reclutar a los candidatos perfectos (o casi perfectos en este caso), pero fuera como fuese, tenía ahí una oportunidad que si encajaba en el perfil de lo que buscaban, sería justo lo que necesitaba en aquellos momentos. Irme.
Me ofreció un puesto de Relaciones Públicas, Guía turístico... un Guest Relation Officer, en un resort de lujo en las Islas Maldivas donde no necesitaban un alto nivel de inglés y solicitaban disponibilidad inmediata, un trabajo de 3 meses. Acepté como candidata a pesar de que no sabía inglés y empezaron las entrevistas... había más gente aplicando al mismo puesto, gente de otros puntos de España, pero aquello había sido una clara señal de que era mi oportunidad.
Lucía me ayudó muchísimo a entender lo que desde Maldivas me decían, mentí sobre mi nivel de inglés pues ganas no me faltaron... tres días después y con un sin fin de miedos y emociones, estaba en la recta final, todo estaba en sus manos. ¿Me acabaría yendo a unas islas en medio del Océano Índico de las cuales apenas había leído que es uno de los destinos más lujosos y románticos donde los más privilegiados van a pasar su luna de miel?
No tenía apenas ahorros, así que eso dificultaba aún más la situación. Esperé a Lucía en la recepción del Hotel donde se daban las conferencias y no podía parar de llorar. Era una incapacidad terrible, estaba totalmente destrozada y no veía salida por ningún lado, me dolía el alma, y mi llanto no hacía nada por aliviarla.
Estando en aquel sillón se me acercó un hombre, de unos 60 años... con acento latino y cara de buena persona. Insistió mucho en saber qué me pasaba, por qué lloraba de aquella manera e intentó animarme sin éxito alguno. Me preguntó por el motivo por el que estaba allí, pero apenas pude articular palabra. Me insistió en que asistiera a una charla que daba su hija, me apuntó la hora y la sala donde sería en una pieza de papel, y me dijo que quizás podían ayudarme. Fue muy amable, pero no creí que pudieran hacer nada por mi.
Aquellas charlas iban sobre todo de Australia, lugar que llamó toda mi atención en el acto. Empecé a analizar las diferentes opciones, fechas, dinero... y en la búsqueda de algo posible, me acordé de aquel señor y de la charla de su hija, mi amiga Lucía aún no había llegado, así que fui sola.
La chica habló de la vida en Australia, del coste, de las opciones de estudios y las áreas donde hay posibilidad de encontrar trabajo. Todo muy específico y alejado de mi perfil. Pero al final de su charla, dijo que tenía un par de ofertas que quizás nos resultaran interesantes, fuera de Oceanía y me llamó por mi nombre para que fuese a verla antes de compartirlo con el resto de asistentes de aquella pequeña sala de reuniones del Hotel Princesa.
Me sentí especial, y entendí que su padre le pidió que me lo ofreciera a mí antes que a los demás y si me interesaba, esta sería la forma que ellos tendrían de ayudarme. Aquello no era gratis, pues su empresa se lleva una alta comisión por reclutar a los candidatos perfectos (o casi perfectos en este caso), pero fuera como fuese, tenía ahí una oportunidad que si encajaba en el perfil de lo que buscaban, sería justo lo que necesitaba en aquellos momentos. Irme.
Me ofreció un puesto de Relaciones Públicas, Guía turístico... un Guest Relation Officer, en un resort de lujo en las Islas Maldivas donde no necesitaban un alto nivel de inglés y solicitaban disponibilidad inmediata, un trabajo de 3 meses. Acepté como candidata a pesar de que no sabía inglés y empezaron las entrevistas... había más gente aplicando al mismo puesto, gente de otros puntos de España, pero aquello había sido una clara señal de que era mi oportunidad.
Lucía me ayudó muchísimo a entender lo que desde Maldivas me decían, mentí sobre mi nivel de inglés pues ganas no me faltaron... tres días después y con un sin fin de miedos y emociones, estaba en la recta final, todo estaba en sus manos. ¿Me acabaría yendo a unas islas en medio del Océano Índico de las cuales apenas había leído que es uno de los destinos más lujosos y románticos donde los más privilegiados van a pasar su luna de miel?
Era lunes, apenas las 7 de la tarde cuando salía del cine con uno de mis mejores amigos en Madrid. Una persona que vivió algunos de los peores momentos de mi relación conmigo, al que le agradezco tantas cosas que le convierten en un amigo muy importante para mi. Salíamos de ver la película de Facebook en los cines de Callao, nos había encantado y lo estábamos comentando, cuando recibí una llamada de la agencia que estaba llevando todo el tema del trabajo en Maldivas... "Vuelas el próximo 31 de Octubre, te esperan el día 1 en tu nuevo trabajo, eres la seleccionada".
Me dijeron que aunque mi nivel de inglés era casi nulo, mi experiencia en eventos de alto standing durante varios años en grandes ciudades de España y mi capacidad de coordinar grupos, les había convencido totalmente, pues a mi corta edad, tener 10 años de experiencia en la industria del ocio y entretenimiento, era sin duda un valor a tener muy en cuenta.
Mi amigo y yo saltamos de alegría, no daba crédito a lo que había escuchado, la Gran Vía de Madrid se me hizo diminuta de lo grande que me sentía en aquel instante... y teniendo en cuenta que tenía apenas unos días para prepararlo todo, me puse manos a la obra. Preparar papeles, dejar mi casa en buenas manos, mis cosas guardadas, informar a mi familia de todo en cuanto había pasado, informarme de donde iba a vivir y volar, marcharme... Empezaba mi primera toma de contacto con Maldivas.
Tengo que decir que nunca más volví a ver a aquel señor ni a su hija, aunque he seguido manteniendo el contacto con ellos primero por los pagos que tenía que hacerles y gestiones varias con su empresa a cuenta del trabajo y luego a nivel personal, vía e-mail siempre se han preocupado por mi. Me gasté todos mis ahorros en aquella aventura, que confié en que sería una gran oportunidad y que merecería la pena.
Me dijeron que aunque mi nivel de inglés era casi nulo, mi experiencia en eventos de alto standing durante varios años en grandes ciudades de España y mi capacidad de coordinar grupos, les había convencido totalmente, pues a mi corta edad, tener 10 años de experiencia en la industria del ocio y entretenimiento, era sin duda un valor a tener muy en cuenta.
Mi amigo y yo saltamos de alegría, no daba crédito a lo que había escuchado, la Gran Vía de Madrid se me hizo diminuta de lo grande que me sentía en aquel instante... y teniendo en cuenta que tenía apenas unos días para prepararlo todo, me puse manos a la obra. Preparar papeles, dejar mi casa en buenas manos, mis cosas guardadas, informar a mi familia de todo en cuanto había pasado, informarme de donde iba a vivir y volar, marcharme... Empezaba mi primera toma de contacto con Maldivas.
Tengo que decir que nunca más volví a ver a aquel señor ni a su hija, aunque he seguido manteniendo el contacto con ellos primero por los pagos que tenía que hacerles y gestiones varias con su empresa a cuenta del trabajo y luego a nivel personal, vía e-mail siempre se han preocupado por mi. Me gasté todos mis ahorros en aquella aventura, que confié en que sería una gran oportunidad y que merecería la pena.
