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En este blog comparto en primera persona cómo fue mi salida de España, qué me llevó a ello y como conseguí llegar a mi primer destino: Las Islas Maldivas. Tras un par de años de idas y venidas, mil aventuras y muchos sentimientos encontrados, mudarme a Australia se convierte en mi siguiente meta. Mi historia de amor y la superación a mí misma me llevan a concluir una maravillosa etapa en Sydney, y tras pasar por Singapur y España comienzo una nueva vida en Shanghai, China.

Esta es mi historia, es mi propia experiencia, y viajar por todo el mundo se ha convertido en mi día a día. En este blog narro viajes, aventuras y los itinerarios que he seguido, siempre elaborados por mi misma. Espero que os guste mi aventura por el mundo... y recuerda: ¡que no te lo cuenten!
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Duele tanto, que no puedo recordarlo...

Llegué a Valencia con una pequeña maleta, no necesitaba ayuda con el equipaje, pero necesitaba que él hubiese venido a recogerme de la estación... su actitud me estaba pesando demasiado. Esta vez su excusa eran un par de reuniones... sabiendo hacía meses el día exacto de mi llegada, en fin, supongo que todo era mi culpa.

Fue mi amigo Tomy quien una vez mas pasó a recogerme, fuimos primero a casa de un amigo nuestro porque él tenía que hacer unas cosas y luego me llevó a la dirección donde se encontraba la habitación que yo había alquilado. Una casa en un edificio sin ascensor, donde no había aire acondicionado y pegaba el sol durante todo el día y donde viviría con una chica latina a la que no conocía de nada. Pero bueno, era lo que yo quería, y no me importaba, estaba segura de que aquello merecería la pena. Estaba segura. 


Mi amiga Maripaz cuando ya supo que me encontraba en la ciudad en seguida vino a verme, se vino a casa y me llenó de abrazos y besos durante un buen rato. Si algo caracteriza a Maripaz es lo cariñosa que es... un amor de personita. Nos fuimos a tomar un cócktail cerca de casa y nos pusimos al día de todo, ella tampoco entendía por qué yo no veía las cosas como el resto las veía, por qué me empeñaba en recuperar mi relación... 

Y es que yo creía a mi ex, yo creí en su palabra cuando me decía que me quería por encima de todo y más que a nadie en el mundo y que juntos resolveríamos nuestros problemas, que todo iba a cambiar y que seríamos felices. Yo le creí. 

Hasta que no pasaron un par de días, no vi a mi ex. Si, un par de días, no sé que palabra utilizar para describir como me sentía y aún ser correcta. Me puse un vestido de colores, me arreglé el pelo... me había puesto bonita para verle, me moría de las ganas de abrazarle y tenerle en mis brazos. Estaba atacada de los nervios. Y llegó, por fin llegó el momento.

Bajé a la puerta de mi casa y no estaba allí, mire a un lado y a otro y no le veía... entonces pensé que quizás estaba en la calle perpendicular y no en mi puerta. Exacto, su coche estaba parado en la avenida principal, en el lado opuesto de la calle perpendicular a mi casa. ¿Por que digo todo esto? Porque desde que salí de mi puerta hasta que llegué al coche, pudieron pasar 4 o 5 minutos que se me hicieron larguísimos. Estaba muy nerviosa mientras que él me observaba desde el asiento de su coche como llegaba hasta allí y esperaba que los coches dejasen de pasar para cruzar. Una vez llegué, no se bajo del coche. Me incliné para ver por que no salía y me hizo un gesto para que entrara. Lo primero que pensé es ¿Como iba a abrazarle dentro del coche? Todo aquello, me hizo sentir humillada, arrastrada y sin sentido alguno. Me sentía estúpida.

Arrancó el coche y nos fuimos, me preguntó como estaba, y que quería hacer. Yo no quería hacer nada más que permanecer horas frente a él y mirarle, abrazarle... me daba igual el donde y el cuando. Y él me contestó molesto porque yo no proponía ningún plan. En fin, pasamos la tarde juntos, y durante la tarde lloré, me indigné, me invadió la tristeza, el sentimiento de estupidez, el ridículo... pero a la vez sentía que por fin le tenía a mi lado, aunque él no me estuviera aportando nada de lo que yo necesitaba.
Recuerdo incluso que tenía prisa porque se había apuntado con unos amigos a hacer una carrera y llegaría tarde... ridículo. Me hizo sentir ridícula, esa es la palabra. Y lo peor es que yo era consciente de ello y no había sido la primera vez ni dejaría de pasar. 


En esa situación pasé unos cuantos días en Valencia, hasta que volé al sur, a ver a mis amigos, mi familia, mi gente. A coger energía. Hacía mucho que no iba por el sur y me apetecía una barbaridad. Quería también desconectar de él y quien sabe si reuniría fuerzas para de una vez por todas acabar con esta historia.


Mi madre me recibió con mi comida favorita, bueno, con un banquete porque allí podían comer 10 más. Disfruté cada detalle como una niña pequeña... y mis amigos fueron de uno en uno apareciendo haciéndome disfrutar de mi estancia en Cádiz al máximo. Playa, amigos, comida, feria... ¡Carpe Diem!


Me fui con mi amiga Rosa y su amigo Adrián hacia Cádiz desde el Puerto Santa María en catamarán, un trayecto bonito por la costa gaditana y donde no paramos de reír. Disfrutamos como no de nuestra gastronomía y de las playas, de los amigos y de las risas, fue un día increíble. 


Hasta que llamó mi ex y me dijo que lo sentía, que yo no merecía el trato que estaba recibiendo y que quería recuperarme, que iba a anular irse de fiesta con sus amigos el fin de semana y que se vendría al sur conmigo. Suena bien ¿verdad? La realidad era que sabía que era la feria de Sanlúcar, y que yo estaba contando los días para que empezara y disfrutarla con mis amigas como si no hubiese mañana y él quiso estar presente por si acaso yo pensaba que era más feliz sin él, y aunque quedase genial lo de anular su fin de semana con los amigos para estar conmigo, lo que hizo fue cambiarlo para otro fin de semana cuando yo ya había vuelto a su ciudad, así que me lo pasaría en aquella habitación de Valencia sola. ¿Retorcida? En absoluto, esto fue lo que pasó, tal y como lo he contado.

Me volví a Valencia triste, y realmente desubicada y lo peor es que él tenía razón, yo lo había hecho porque quería, estaba allí por decisión propia. Y aunque tenía trabajo y me mantenía ocupada, no era suficiente. Aquello no tenía sentido alguno para mi. Mi amigo Manrique se convirtió en uno de mis grandes apoyos en aquella situación, y reflexioné mucho, muchísimo sobre toda aquella historia.



Aquel verano lloré demasiado... y se tenía que acabar, tenía que poner punto y final y hacer caso a mi cabeza y dejar de seguir lo que mi corazón me decía. Pero a mí todo me seguía haciendo daño.

Él me decía que no venía a mi casa porque como no vivía sola no se sentía cómodo, que además hacía mucho calor en mi casa sin aire acondicionado y que no podía aparcar el coche en mi zona. Yo tampoco podía ir a verle con demasiada frecuencia porque eso significaría que tendría más relación con sus padres y al final pues les haríamos partícipes de nuestra historia, tampoco podíamos hacer muchas cosas extras como pareja porque él estaba muy liado con el trabajo, y cuando tenía libre, necesitaba estar con sus amigos y no tenía sentido que yo fuera con ellos, porque claro, ya no podrían hablar cosas de chicos... Daba igual que nos hubiésemos pasado tanto tiempo separados, no era yo la persona que necesitaba a su lado, estaba claro. Lo sé, todo lo que os pasa por la cabeza, lo sé. 

Sin duda alguna fueron tiempos muy duros, muy difíciles y realmente dolorosos de recordar incluso. Pero yo necesitaba quemar mis últimos cartuchos y quedarme tranquila sabiendo que por mi parte, lo había intentado todo y que no me había quedado nada por hacer. Yo al menos jamás pensaría que hubo algo que podría haber hecho y no hice. Quería acabar con todas mis energías para estar completamente segura de que nuestra historia no tenía sentido alguno.

Y así lo hice, lo alargué muchísimo y hasta que no pude más. Durante el tiempo que estuve allí, me hizo una detrás de otra, el día de mi cumpleaños no lo puedo ni siquiera recordar sin llorar, así que omitiré las decenas de detalles y gestos que tuvo conmigo hasta que llegó el día en el las cosas llegaron demasiado lejos... el día en el que aún cuando lo pienso se me encoge el alma, el día en el que sentí que aquella muerte lenta había llegado a su fin, y yo estaba completamente destrozada... tenía que salir de aquel tormento, tenía que ser fuerte y dejarle. Para siempre, tenía que ser para siempre. No me podré perdonar nunca el daño que permití que me hiciera.

Durante esos meses mis mejores amigos estuvieron siempre ahí, dándome todas aquellas fuerzas que yo había perdido, apoyándome en absolutamente todo y ofreciéndome el cariño que sin duda necesitaba. Nadie fue duro conmigo, nadie me soltó "te lo dije" o "ya lo sabía", tengo los mejores amigos del mundo y aunque esa situación no es fácil para nadie ni agradable, ellos hicieron que pudiese superarla. 

Prácticamente desde mi llegada a España estuve pensando en marcharme, echaba mucho de menos mi vida en las islas, donde se me valoraba como persona, mi trabajo, mis esfuerzos... todo tenía sentido. Así que una tarde hablando con Kin, la que había sido mi jefa en Maldivas, me ofreció volver y retomar mi puesto, con mejoradas condiciones... así que lo pensé todo y no lo dudé, acepté el puesto y nos tomó unos dos meses tenerlo todo listo para mi vuelta. En ese tiempo, disfruté de amigos, familia, comida, y trabajo, tanto como pude. Con el corazón roto pero el alma viva... 


Hay muchos buenos y terribles momentos de estos meses que no quiero explicar o escribir sobre ellos, en líneas generales fueron tiempos muy duros, muy difíciles y por los que agradezco a todos los amigos que estuvieron conmigo y la gente que me ayudó aún estando en la distancia, todo lo que hicieron por mí. Vosotros sabéis exactamente de lo que hablo, y por ello os quiero tanto. Mi salida de España estaba de nuevo en marcha, y esta vez sí que sería algo definitivo.













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¡Bienvenidos a Anantara!

Uno a uno se fueron bajando de los barcos, saludando a la fila de managers que les esperaban en el embarcadero de nuestra preciosa isla y recibiendo una toallita fría con olor a limón para que se refrescaran de las altas temperaturas que teníamos en Maldivas por esas fechas. ¡Bienvenidos a Anantara! Y tras pronunciar esas palabras, se quedaban parados a mi lado, ¿hablas español? a lo que contestaba, "soy española". Estaba feliz, mi sonrisa venía directamente del corazón, sinceramente disfrutaba con aquello. Tener tantos españoles en aquel diminuto lugar del mundo era como traer un poco de mi hogar a donde tan lejos me había ido.


Pasaportes, llaves para las habitaciones, explicación sobre la isla donde iban  a pasar los siguientes días, el itinerario que tenían preparado y contestar muchas preguntas fue lo que hicimos en los primeros treinta minutos. Acto seguido se fueron acercando uno a uno a hacerme la obligada pregunta: ¿De donde eres? ¿Y que hace una gaditana en Maldivas? 


No soy capaz de describir la sensación que tenía, pero me gustaba, me sentía muy cercana a ellos y fueron unos días fabulosos para ambas partes. Trabajé duro, pues me iba a la cama cuando el último decidía que ya era hora, después de tomarse unas copas en el bar de la piscina, y me levantaba cuando el primero quería ver amanecer mientras desayunaba junto al mar en nuestro restaurante de la playa. Españoles, que gran cultura la que propagamos por allá donde vamos. 


Es divertido ver como se ve desde fuera el tipo de persona que damos a entender que somos los españoles. En mi resort, he aprendido algo muy importante y con lo que disfruto muchísimo y es a identificar los rasgos de personalidad de cada nacionalidad. Podría deciros como son la mayoría de los rusos, árabes, turcos, indios, americanos, canadienses, franceses, griegos, italianos, suecos, australianos, alemanes... y un sin fin de nacionalidades que pasan por nuestras playas de coral. Eso me encanta. Sencillamente me parece fascinante poder identificar el carácter de una persona tan solo con mirarles e saber de donde son. Me ayuda a saber como tratarles, a anticiparme a los hechos, a hacerles sentir mejor entendidos en un sitio tan alejado de sus hogares. Y eso, también nos pasa a los españoles...

Tenemos fama de fiesteros, es nuestra etiqueta por excelencia, y de habladores. Gente simpática y gran amantes del fútbol. Muy resumidamente, así es como nos ven fuera de España. ¡Que grandes somos!

Fueron unos días de mucho trabajo, de pocos días de sueño, de correr de un lado a otro y de hacer avances con el inglés... Durante los días que nuestro resort estuvo lleno de españoles apenas tuve tiempo para nada, pero lo disfruté muchísimo. Todos me decían que era muy valiente habiéndome venido tan lejos de casa a empezar esta aventura, me deseaban lo mejor y juntos disfrutamos de unos días estupendos en las Islas Maldivas. Viví historias de amor que empezaban en ese viaje, a manos de los más jóvenes del grupo, conocí matrimonios perfectamente compenetrados que disfrutaban de una vida juntos, vi como parejas fingían ser felices en un entorno de hipocresía, familias unidas que disfrutaban de las vacaciones... y todo aquello me hizo pensar inevitablemente en mi situación personal. Quería ser feliz, quería tener una persona a mi lado con la que compartir mis alegrías, con la que apoyarme en los momentos difíciles, con la que fuese posible disfrutar de los momentos que nos brinda el día a día... empezaba a echar de menos mi vida en España, empecé a echarle mucho de menos a él. 

El contacto con mi ex seguía vivo, hablábamos a menudo, no se si era bueno o malo, pero lo hacíamos. Me sentía como si supiese que no tenía sentido pero como si no pudiese parar de hacerlo. En el fondo siempre deseé que todo cambiase, que todo mejorara, que no me hiciese más daño y que pudiésemos ser felices algún día. Sinceramente creía en ello.


Mientras los días pasaban en Maldivas, los españoles vieron pequeños tiburones de punta negra por todo el atolón, cogían kayac y rodeaban las diferentes playas para hacer esnórquel y disfrutar de los cientos de peces de colores que habitan en el mar, se tostaron bajo un sol abrasador sobre playas de coral, disfrutaron de un agua cristalina y de unas temperaturas envidiables. En definitiva, disfrutaron de las maravillas de las Islas Maldivas, y yo me sentí muy feliz de compartirlo con ellos. 




El último día, madrugué bastante, apenas había salido el sol cuando tenía puesto mi uniforme y estaba sentada en el ferry de las 6 de la mañana para cruzar a Dhigu, la isla donde yo trabajaba. La recepción del resort se fue llenando poco a poco y todos empezaron con las despedidas. ¿Quieres que llevemos algo a España? Pero lo que de verdad necesitaba es que me hubiesen traído algo de nuestro país, como echaba de menos el queso, el pan, el jamón, la tortilla de patatas... No, gracias. Disfrutad de España ¡vosotros que podéis! Volvimos a hacer la fila de managers en el embarcadero y uno a uno fuimos colocándolos en los barcos con destino al aeropuerto. Sinceramente empezaba a gustarme mucho la que sería mi función aquí... empezaba a sentirme muy a gusto con lo que hacía. 

Y pensaba: Gracias por esta oportunidad, la pienso aprovechar al máximo. 

A partir de ahí tenía unas semanas hasta que el siguiente grupo de españoles viniese, así que aprovechaba para estudiar inglés, me pasaba las horas en la "oficina" traduciendo palabras e intentando memorizarlas, le preguntaba a mis compañeros que si podían leerlas, así anotaba como sonaban... apuntaba cada cosa nueva que me decían y su significado. Cuando llegaba a casa, repasaba todas esas notas una y otra vez y siempre con la televisión en inglés de fondo. 


Cuando iba a la cantina con alguno de mis compañeros, simplemente les escuchaba, apenas entendía nada, y ellos intentaban que yo hablase, me pedían que lo intentara, que era la única forma de que pudiese empezar a comunicarme y así lo hice, poco a poco empecé a hablar, a preguntar cosas, incluso a ser yo la que comentaba lo que ellos decían. Fueron tiempos difíciles, pero que ahora los recuerdo con una sonrisa. 

Un día mi compañera Iryna me preguntó con quién me pasaba tanto tiempo hablando en español, y siempre parecía enfadada y que a veces incluso lloraba. Le dije que era difícil de explicarle por mi escaso nivel en el idioma, pero me convenció y me dedicó un larguísimo café en nuestra cantina hasta que le conté el verdadero motivo por el que necesitaba cambiar de aires, poner tierra y agua de por medio y que fuese tal la distancia que aunque tuviese la tentación de volver, me resultara francamente complicado hacerlo.  

Aquella noche lloré mucho, muchísimo, me daba mucha pena todo. Conseguí explicarle como me sentía y las enormes dudas que tenía en mi cabeza. Fue entonces cuando recibí mi primer abrazo, el abrazo que tanto necesitaba en aquel momento. 

Me pasaba noches enteras hablando con él, discutiendo nuestras diferencias, tratando de entendernos, de llegar a un punto de entendimiento, pero no había forma de conseguirlo, éramos demasiado diferentes y nuestras prioridades en la vida parece que eran totalmente opuestas. 

Así fueron mis primeras semanas en Maldivas, estudiando, trabajando, llorando y aprendiendo de un lugar tan maravilloso como son estas islas. Había noches que me pasaba muchísimo tiempo mirando el cielo, nunca he visto más estrellas y con tal brillo como las que veo en el cielo de Maldivas. La luna aquí parece que ilumina tres veces más, tanto es, que hay noches que la única luz es la de la luna y parece que pasee por una avenida sin gente pero con las farolas blancas encendidas. 


Hay algo que me llamó mucho la atención una noche en la playa de Dhigu, cuando ya teníamos el segundo grupo de españoles aquí, y fue que desde el bar de la piscina, veía como una línea muy poco definida, dibujaba la línea de la orilla. Pensaba que me fallaba la vista pero después de un largo rato mirando aquella línea me acerqué a comprobar de cerca de que se trataba: Plancton. Diminutos puntos de luz que se acercaban a la orilla y dibujaban la línea que llamaba mi atención. Las noches son tan cerradas, que cualquier luz parece aún mas fuerte de lo que puede ser... Era plancton, me acercaba a tocar alguna de estas diminutas lucecitas y desaparecían en el inmenso mar... Maldivas, todo un descubrimiento natural. 


Piscina del hotel, de fondo el mar y la hamaca


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